Ladislao Biró era un hombre moderno que nació en Hungría, dos siglos atrás, un 29 de septiembre de 1899. Su padre era dentista y su madre era una práctica ama de casa. Él era tan pequeño al nacer (pesaba menos de 2 kilos) que los médicos le dijeron a su madre "que lo deje de lado", ya que no iba a vivir. Entonces su padre forró una caja de zapatos con algodón, puso al bebé adentro y encendió una lámpara para calentarlo, de esta manera parecería que inventó la incubadora. Vivió, sano y fuerte, hasta los 86 años.
Quizás porque tuvo que luchar por su vida, nunca fue convencional. Se salteaba la escuela cuando podía sólo porque quería averiguar las cosas por su cuenta. Era un hombre culto que estudiaba con profundidad lo que le interesaba. Adquirió conocimientos sobre sus muchos intereses, entre ellos todo lo estudiable sobre las hormigas: cómo vivían y cómo se comportaban; le fascinaba su organización social. Así pasó muchas noches observándolas en el jardín, con gran desesperación de mi madre, ya que las hormigas le comían sus amadas plantas.
El primer invento comercialmente exitoso de Biró fue una máquina automática de lavar ropa que funcionaba con la energía producida por una cocina de uso casero, invento que se hizo popular en los años treinta. Al mismo tiempo inventó el cambio automótico para automóviles que vendió a General Motors en Berlín, quienes lo compraron no para fabricarlo, sino para evitar que lo hiciera la competencia.
En 1936 Biró inventó el principio del sistema electromagnético aplicado en el tren bala japonés 50 años más tarde. ¿Por qué gastaba tanto dinero patentando sus inventos si no pensaba hacerlos ni venderlos? Él simplemente contestó que el mundo en aquel entonces no estaba listo para eso.
En su juventud fue también periodista y redactaba una columna en una revista de vanguardia de Budapest. Habitualmente usaba una lapicera fuente Pelikan que manchaba o no escribía cuando más lo necesitaba. Observando cómo la revista se imprimía, decidió que ese rodillo, que era capaz de tirar tinta sin manchar, debía reducirse para uso manual: una pequeña esfera en un tubo capilar, con una tinta especial que fluyera por la fuerza de gravedad y se secara instantáneamente en el papel.
Parecía simple, pero en los experimentos se encontraba con muchas dificultades, especialmente por la tinta. Cuando acudía a expertos, invariablemente se encontraba con: "Biró, usted está loco. El problema de la escritura ya está resuelto, "¿para qué quiere escribir con una bolilla?" Esto lo incitaba a trabajar más y, en el caso de la tinta, a usar simple lógica: si la composición de la tinta es parte líquida y parte sólida, es razonable pensar que el papel va a absorber la parte líquida, así que la parte sólida se esparcirá por la superficie. Éste es el mismo sistema que se usa en la actualidad.
El bolígrafo se patentó en Hungría en 1938, después de lo cual Biró tuvo un encuentro fortuito con el presidente argentino Agustín P. Justo, cuando ambos visitaban una playa en Yugoslavia. A Justo le gustó la lapicera y ofreció fabricarla en la Argentina. Más tarde, ese encuentro ayudó a a Biró a obtener una visa y, en 1940, junto con su amigo Juan J. Meyne decidió asociarse con financistas que querían fabricar el bolígrafo en Buenos Aires.
El nuevo país impresionó bien a Biró. La gente era cortés, amable, siempre dando. El país de la yapa. Con los nuevos socios creó una firma y un nombre que se tornó legendario: Birome, una marca registrada en boca de todos como Gillette. En el resto del mundo al bolígrafo lo llaman biro.
Biró fabricó personalmente la lapicera porque deseaba que fuera lo suficientemente barata como para estar en manos de todos. Afortunadamente vivió para constatar esto, pero debo decir que una vez que vendió los derechos para Estados Unidos, para Europa y luego para la fabricación argentina, se dedicó a nuevas aventuras.